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No es persecución, es justicia

Por: Juan Diego Sierra Rave – Enlace departamental de juventud.

Colombia presenció esta semana un hecho sin precedentes: una jueza de la República dictó una condena contra Álvaro Uribe Vélez, el expresidente más influyente de las últimas décadas. Una figura que ha moldeado, con mano firme, la política, el discurso público y la vida institucional del país. Esta decisión judicial ha encendido pasiones, ha revivido odios y ha sembrado dudas. Pero más allá del ruido político, hay algo que no se puede ignorar: la justicia, por fin, le habló de frente al poder.

La jueza encargada de este proceso ha demostrado una valentía jurídica que no puede pasar desapercibida. En un país donde la presión mediática, los poderes fácticos y las amenazas veladas han torcido el rumbo de muchas decisiones, esta mujer, firme y coherente, impartió justicia en nombre de las víctimas. No fue un fallo contra una ideología. No fue un acto de revancha política. Fue un acto de justicia, uno de esos que escasean en una nación donde la impunidad suele tener fuero.

Es vital entender que este juicio no debe ser visto como una cacería de brujas, sino como un paso más hacia el fortalecimiento de un Estado de Derecho real, no simbólico. Un juicio justo, con garantías procesales para el acusado, con espacio para la defensa y para la apelación.

Quienes hoy atacan la sentencia bajo el argumento de un supuesto sesgo político desconocen que la verdadera amenaza para Colombia no es el fallo judicial, sino la costumbre de poner la ley al servicio de la conveniencia.

Por eso, este es un momento para llamar a la serenidad. Que se respete la decisión judicial, que se permita el curso natural del proceso, que se dé lugar a la apelación y, si es el caso, a la casación. La justicia no se defiende incendiando redes sociales ni presionando a los jueces. Se defiende acudiendo a las vías legítimas, reconociendo los derechos de las víctimas y aceptando que en Colombia nadie —absolutamente nadie— puede estar por encima de la ley.

Lo que ocurrió no es una victoria de un sector político sobre otro. Es, ojalá, el inicio de una transformación profunda: una justicia que no tiembla ante los apellidos, que no retrocede frente al poder, que reconoce a las víctimas y que se atreve a decir la verdad, aunque duela.

Hoy más que nunca, Colombia necesita creer que la ley puede ser igual para todos. Y esa esperanza, esta vez, vino de la mano de una jueza que, sin aspavientos, nos recordó que la justicia, aunque tarde, también puede llegar.

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