Por: Mario Arias Gómez.
Se cumple hoy -18 de septiembre- el primer aniversario de haberse apagado -para siempre- en la cumbre de los 80 años, la voz del caro, fraterno amigo, HERNANDO YEPES ARCILA, víctima de un fulminante, súbito accidente cerebrovascular, a quien recuerdo con el corazón agrietado por el dolor, un nudo en la garganta, inmensa nostalgia, tristeza, en la certeza de que se encuentra en el lugar en que el Altísimo tiene dispuesto para las almas justas y buenas.
Infausta, lacrimosa fecha en que, a las once de la noche del fatídico, del aciago martes (2023), su adorada médica, ÁNGELA BOTERO BOTERO -su espíritu celestial- me confirmó al amanecer del miércoles la conmovedora, luctuosa noticia propalada por la radio, hecho que se regó como pólvora y sorprendió a los más selectos estamentos jurídicos y sociales del país, al círculo más íntimo de sus amistades, de sus devotos, hechizados, inconsolables admiradores que no nos resignamos -todavía- a su ausencia, al abismal vacío que nada ni nadie ha podido, podrá llenar.
Ilustre, impetuoso jurista, quindiano de nacimiento, caldense por adopción, impoluto incomparable ser humano de bien, íntegro, límpido, transparente; gran señor de respetada ascendencia entre los suyos, elegante como un gentleman; embajador del talento; acreditado, brillante, encopetado, reconocido constitucionalista; erudito hombre de leyes y de letras; amigo de sus amigos, cuyo nombre, ejemplar, fructífera vida quedaron inscritas en la memoria de sus contemporáneos, de la familia que guarda imperecedera, inolvidable, indeleble huella, como padre -sin par-, esposo, hermano; en la historia de Colombia. Periplo vital digno de ser imitado, rastreado por las generaciones de relevo.
Aclamado, encumbrado doctor en derecho egresado de la Universidad de Caldas, lisonjeado por su formidable, singular inteligencia y versatilidad innegables; iluminado por el fuego de la palabra que le fluía a borbotones; entrañable, cariñoso amigo que dejó un reguero de dolor, una inmensa y profunda tristeza que llevó cosidas al alma, un vacío irrellenable que después de un año nada lo colma.
Encumbrado, erudito, lúcido, lustroso, polifacético maestro; enciclopedia andante, viva; contestatario, doctrinario, político sin mácula; estudioso de la ciencia jurídica, sustancioso pensador, lector incansable, soporte de su aquilatada, envidiable, excelsa, inigualable, relevante, universal, versátil formación humanística, histórica, filosófica, literaria, sociopolítica, ampliamente reconocido en los más amplios, distinguidos, notables, refinados cenáculos intelectuales y jurídicos del país.
Esclarecido observador -de altísimo nivel- de gran calado, conocedor de la obra de Jorge Luis Borges; admirable, agudo, burlesco, cáustico, demoledor, irrepetible, irreverente, mordaz, picante, sarcástico polemista que “fustigaba y hería sin anestesia”.
“Por sus hechos los conoceréis” predica San Mateo 3.17.
Su peregrinaje público lo inició como representante estudiantil ante el Consejo Superior de su alma mater -la U. de Caldas-, secretario general (1965) de la misma; con su compañero de generación, Humberto De la Calle, miembro -entre 1971 y 1972- desde orillas ideológicas diferentes, del gabinete del gobernador ansermeño, Oscar Salazar Chávez; ministro Consejero de la misión diplomática de Italia, siendo embajador el connotado Carlos Restrepo Piedrahíta; gerente de la Central Hidroeléctrica de Caldas -CHEC-. Magistrado de la Sala Constitucional de la CSJ (1990).
Enjundioso, sobresaliente actor de la Asamblea Nacional Constituyente en representación del Partido Conservador, cuya agudeza, bagaje intelectual, firmeza doctrinaria, convicciones ideológicas, luces; su coherente, recursiva dialéctica dio lustre al certamen constituyente, lo convirtieron en la mano derecha del expresidente Misael Pastrana Borrero. Interacción unánimemente calificada -con sus parigual De la Calle- de admirable, armoniosa, por la fuerza de su elocuente, sustanciosa oratoria que recuerda al excanciller manizaleño, Fernando Londoño y Londoño –Pico de oro-, del que Lucas Caballero (Klim), alguna vez dijo que: “cuando hablaba provocaba sacar pareja”.
Paladín que sin ambages anticipó irrebatible, premonitoriamente con jupiterino tono, el llamado -pomposamente- “regalo envenenado”, que distrajo -qué duda cabe- las altas cortes en nombramientos ajenos a su función misional: ¡administrar justicia!, agregado que las introdujo en el infamante, prevaricador clientelismo judicial: “tú me elijes yo te elijo”.
Tras la aprobación en 1991 de la Constitución, se ocupó como magistrado y primer presidente de la Sala Administrativa del Consejo Superior de la Judicatura. Ministro de Trabajo (1998 y 1999); conjuez de la Corte Constitucional, quien destrabó -en dicha condición- la decisión sobre la despenalización del aborto en Colombia. Conjuez de la Sala de lo Contencioso Administrativo.
Sesudo abogado de campanillas, en el sector público y privado, con un amplio recorrido en lo académico en la Facultad de Derecho de la U. de Caldas al frente de la cátedra: ‘Historia de las Ideas Políticas’; en la Cooperativa de Manizales, ‘Filosofía del Derecho’. Riguroso docente de Derecho y directivo de la U. Javeriana. Profesor de ‘Teoría de la Constitución’ en la U. del Rosario. Director jurídico de la Federación Nacional de Cafeteros.
Referente, por su experiencia en cuestiones de arbitramiento, como por sus posturas sobre la justicia colombiana; catalogado por la Cámara de Comercio de Bogotá, como ‘Árbitro Nacional Emérito’. Columnista de EL TIEMPO.
Sobresaliente cometido del valor humano en comento que dio brillantez, enalteció a la “mariposa verde” de la que Luis Carlos González -refiriéndose al Caldas grande- habló en uno de sus sonados bambucos. Arraigadas, imborrables, perenes remembranzas precedentes -intransferibles- cargadas de anécdotas, historias recogidas en más de medio siglo de honrosa, ininterrumpida amistad -sin altibajos- que conservaré hasta el último suspiro y que desde la eternidad continúa intacta, dado que los difuntos no se van del todo, vuelven al recordarlos.
Palpitantes, testimoniales reminiscencias que en este instante atropellan la memoria, en que barrunto -emocionado- esta afligida nota recordatoria de quien bien hizo y mereció la admiración y respeto que el país y sus amigos evocamos como homenaje en este lastimero, mustio, nostálgico, patético aniversario.
Lamentable ausencia que lleva a meditar sobre la falta que hace a nuestra hoy convulsionada, devastada, lapidada, sangrante patria -que veloz viaja hacia ninguna parte-, mirada hoy por tirios y troyanos con compasión. Abismo, desvío, anticipados por la egregia, esplendorosa, precursora, profética figura de YEPES ARCILA.
¡Gracias HERNANDO por haber vivido, por su legado!
Deseo -nuevamente- de corazón que la ¡Paz eterna! acompañe al dilecto amigo.
Bogotá, D. C., septiembre 18 de 2024.













