Opinion

Córdova, Bolívar y Páez IV

Por: Mario Arias Gómez.

El pasado 30 de enero/2024 se cumplió el 206.º aniversario del inaugural encuentro de Simón Bolívar (1783-1830) con el general José Antonio Páez Herrera (1790-1873), cimeras, emblemáticas figuras de la independencia de América Latina, exaltadas con los títulos de ‘El Libertador’ y ‘Centauro de Carabobo’, respectivamente, indiscutibles jefes del ejército patriota y de la “casta de indómitos llaneros, hombres rudos hechos al sol y a la lluvia, al sacrificio”. Cara a cara concertado después de un copioso intercambio epistolar que contribuyó -en grado sumo- a sepultar tres siglos de poderío español, liberar a Colombia y Venezuela del mismo. 

Histórico hecho -de gran alcance- en la lucha por la libertad y emancipación de América Latina, ocurrido el viernes 30 de enero de 1818 en el Hato de Cañafístola, cerca de San Juan de Payara, estado Apure (actual), en plena ‘Campaña del Centro’, operación militar liderada por Bolívar, tras la conquista de Caracas.

Homérico, inimaginado encuentro de incuestionable trascendencia, ideado por el genio militar de Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar Ponte y Palacios Blanco, luego de deponer viejas asperezas y rencillas, que tuvo como propósito -preconcebido- hermanar alegóricamente su espada -invencible- con la lanza -invicta- del ‘León de Apure’, símbolo de la auspiciosa fusión de fuerzas, en aras de la defensa de los entrañables, preciados intereses patrios.

En el subfondo emerge el inclaudicable, imprescindible, oculto empeño de que Páez se allanara a ratificar la autoridad de Bolívar. como jefe supremo del ejército, apuntalando, afianzando la unidad de mando en la conducción militar y política de la guerra. Ante la imponente presencia de ‘El Libertador’, Páez juró e hizo jurar a sus oficiales y soldados, ante el sacerdote patriota Ramón Ignacio Méndez, el reconocimiento y obediencia a la autoridad máxima de Bolívar. Sin embargo, Páez nunca asumió plenamente el proyecto de Bolívar, al punto que terminó liderando a partir de 1826 “la Cosiata”, movimiento separatista venezolano que conduciría en 1830 a la desmembración de la Gran Colombia.

A pesar de ello, Páez luchó con sus llaneros en Apure, Calabozo, Cojedes, El Negro, Misión de Abajo, Ortiz, San Fernando y Sombrero. Trascendental, recíproco gesto que devino en la unificación de los ejércitos, la conquista del territorio e instalación de la República, como el fin del cisma avivado por José Santiago Mariño, Francisco Bermúdez y Manuel Piar. 

Cometido cumplido que le permitió a Bolívar a adentrase -pletórico- al llano profundo enarbolando la bandera de una América libre, soberana y unida. Respecto a la leyenda negra protagonizada por la precitada trilogía, rememoro la enseña de ‘El Libertador’ antedicha el 9 de febrero de 1815: “Para juzgar las revoluciones y sus actores es menester observarlos muy de cerca y juzgarlos de muy lejos”. Solventadas las diferencias, los distanciamientos vinieron los pródigos elogios y reconocimientos mutuos. Asociación que dispensó -repito- inicialmente la independencia de Venezuela.

Mientras sus pares al mando de Mariño luchaban con sus huestes en el Oriente, Bolívar, al frente de la Campaña Admirable, lo hacía con su ejército en el Occidente, llevándolo a entrar triunfante, victorioso a Caracas. En carta a Mariño consignó: “Ud. a la cabeza de cuarenta amigos entró por el Oriente a tiempo que yo por el Occidente hacía otro tanto. Mutuamente nos ayudamos y por nuestros propios servicios nos elevamos a una igual dignidad”.

¿Cómo vio Páez a Bolívar en la entrevista en comento?

Extraigo -literalmente- de la autobiografía la descripción que hace de su figura y personalidad: “Hallábase entonces Bolívar en lo más florido de sus años y en las fuerzas de la escasa robustez que suele dar la vida ciudadana. Su estatura sin ser procerosa era no obstante suficientemente elevada para que no la desdeñase el escultor que quisiera representar a un héroe; sus dos principales distintivos consistían en la excesiva movilidad del cuerpo y el brillo de los ojos, que eran negros, vivos, penetrantes e inquietos, con mirar de águila, circunstancias que suplían con ventajas lo que a la estatura faltaba para sobresalir entre sus acompañantes.

 Tenía el pelo negro y algo crespo, los pies y las manos tan pequeños como los de una mujer, la voz aguda y penetrante, la tez, tostada por el sol de los trópicos, conservaba no obstante la limpidez y lustre que no habían podido arrebatarle los rigores de la intemperie y los continuos y violentos cambios de latitudes por las cuales había pasado en sus marchas…”.

Páez llegó a la reunión precedido del palpado arrojo, osadía, valor de los que hizo gala al cruzar con lo más selecto de su guardia, el Paso del Diamante del Río Apure, el 6 de febrero de 1818, capturando las flecheras españolas, permitiendo a su vez que el Ejército Libertador cruzara el río. Hazaña conocida como la ‘Toma de las Flecheras’.

Durante la referida atrás campaña del Centro, en que en el entretanto se dio la reunión en comento, la sumisión del ‘León de Apure’, procuró calculados movimientos distractores, asediando a San Fernando de Apure, cuando el objetivo era la fortificada Calabozo, donde acampaba Pablo Morillo -‘El Pacificador’- quien con su Estado Mayor, avanzó hacia la vanguardia de Páez, que lo resistió exitosamente.

La batalla de ‘Calabozo’ -12 de febrero de 1818- fue un choque de caballerías en la que los patriotas infligieron aplastante derrota a los realistas, que llevó al humillado Morillo a refugiarse en la homónima ciudad. Extraña el que Bolívar no haya rematado sus fuerzas, ofreciéndole inexplicablemente “el canje de prisioneros y fin de la Guerra a Muerte”, provocando que el abatido, aturdido, enfurecido, esperpéntico Morillo, cayera en santa ira, desahogada al tratar a Bolívar “…de hipócrita, de no ser más que un estrafalario, insolente, insoportable rebelde que se ponía por encima del mismo rey.” CONTINÚA.

Bogotá, D.C. 4 de abril de 2024

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