Opinion

Conversaciones incómodas

Por: Juanita Espeleta – Socióloga con trayectoria en trabajo comunitario, social y cultural en comunidades en condición de vulnerabilidad.

Poco a poco se destapan las cartas de quienes desean aspirar a la Presidencia de la República de un país como Colombia, que cada vez se fragmenta más y las luchas que considerábamos conquistadas en cuanto a Derechos Humanos hay que conquistarlas una y otra vez. El anuncio de Alejandro Gaviria ha despertado de nuevo la importancia que tiene lo que denominamos conversaciones incómodas, aquellas que sabemos que pueden levantar ampollas y generar polémica, aquellas en las que necesitamos decir la verdad, sin importar que eso implique perder votos.

Estamos lamentablemente acostumbrados en un país como este, a que la política se hace acabando a quien se considera la competencia, reduciendo la discusión a planos personales y no a la razón ni a los argumentos. En este momento requerimos que quienes estamos aspirando a cargos de elección popular tengamos debates en torno a temas como la legalización del cannabis de uso recreativo y empresarial, el aborto, el matrimonio y la adopción igualitaria, el acuerdo de paz, la pederastia, la protesta social, la ley 100, la tercerización laboral, el régimen de pensión y por supuesto la corrupción. Hablar de estos temas implica tener un debate diverso, en que desde distintas miradas se construyan leyes y proyectos acordes a las necesidades de las comunidades que históricamente han sido silenciadas y obviadas.

Merecemos espacios de construcción colectiva donde se le dé prioridad a procesos, proyectos y acciones enfocadas a derrotar el cinismo, la indiferencia, el todo vale, la malicia, la violencia y la corrupción. El ejemplo más claro de cómo estamos gobernados por personas que solo legitiman sus intereses de clase, es el famoso escándalo de los huevos del ex Ministro Carrasquilla, quien en un total desconocimiento de la realidad en que vive más de la mitad de los colombianos, que pagamos arriendo, pagamos seguridad social, hacemos maromas para mercar y pagar servicios, para estudiar y para trabajar, no tenía idea de cuánto valía una cubeta de huevos, seguramente porque nunca tiene que ir a mercar o preocuparse por la cuenta y muchos menos se dará por enterado como afecta la economía de un hogar el incremento de 100 o 50 pesos en los productos de la canasta familiar.

Nos urge tener discusiones serias que nos permitan acabar con ese sistema donde se premia al corrupto, al mal funcionario, a quien no hace bien su trabajo, necesitamos recuperar la confianza en el sector público y poner como premisa fundamental la meritocracia y la atención al público.

Por eso, otro gran reto que tenemos es aprender a escuchar para entender y no para responder, escuchar realmente el sentir de las comunidades y a partir de ellas construir lo que los territorios necesitan y merecen. Necesitamos decirnos verdades incómodas para buscarle solución a lo que nos afecta, nos duele y no nos deja progresar, necesitamos saber y actuar ante lo que está pasando en buena parte del país con los líderes sociales, con la exacerbación de la violencia, sobre todo porque vivimos en un país con devastación social; con niveles de desempleo, pobreza y desigualdad mucho más altos de los que hemos tenido históricamente, donde el miedo que ha sentido la población durante muchos años, se convierte en rabia y en desespero por la situación en que viven.

Debemos promover espacios en los que cese la estigmatización y la guerra sucia, dejar de atribuirle a líderes roles que no tienen y de señalarlos, que en muchos casos eso lleva al asesinato de los mismos. Requerimos construir un mundo donde se de la coexistencia de diferentes visiones o narrativas del mundo, donde se tolere y nunca se trate de suprimir al otro.

 

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