Opinion

LA MUERTE DE UN JEFE DE PARTIDO

Por: J. F. Paz – Exmagistrado / Consultor. – Presidente Tribunal de Control Ético del partido liberal colombiano.

Horacio Serpa Uribe fue un gran conductor de masas, jefe de partido, vibrante orador, disciplinado parlamentario, ferviente defensor de la institucionalidad y de los derechos humanos, a quién el país le quedó debiendo la Presidencia de la República.

De los hombres sobresalientes se dice que constituye una pena su desaparición, que la sociedad esperaba muchos de ellos, pero la verdad respecto a la muerte de este líder del liberalismo es que se sentirá en las clases populares, en aquellos sectores asediados por la pobreza a quienes quiso representar en sus tres aspiraciones a la Presidencia de la República, por cuanto en su ejercicio público aplicó la máxima de los ciudadanos romanos y atenienses de los mejores tiempos, “Sé fiel a lo mejor que hay en ti mismo ”.

Fue un político libre de escoria, a quién ni la ambición, ni la vanidad, ni la envidia, ni la ordinariez, ni nada que no fuera alto, desinteresado, inspiraron ningún pensamiento ni acto alguno.

Lo que en el pareció orgullo, engreimiento, fue solo insurgencia permanente de la probidad, defensa intolerante del decoro integérrimo demostrándolo en los intensos debates parlamentarios defendiendo el estado de derecho.

Todo lo que fue Horacio Serpa se lo debió  a él mismo, nacido en cuna humilde y sin influencia alguna, nunca alargó la mano suplicante en busca de un apoyo, sino que por el contrario desde el inicio de su profesión de abogado, como Juez de la República, de lo que  se sentía orgulloso, logró escalar las más altas posiciones de estado Congresista, Procurador General de la Nación, Ministro, cuando esos cargos  tenían la mayor  dignidad, comisionado de paz, copresidente de la constituyente, Embajador ante la OEA, ex gobernador de su departamento, candidato presidencial por el partido de sus entrañas, el liberal, como producto del estudio, la reflexión, el coraje, el orgullo, la fiebre por los ideales, fueron sus únicos protectores y mentores.

En verdad, pocos hombres más capacitados tuvo la nación para la orientación y la dirección de sus destinos, pero el vaivén de las cosas políticas impidió a Colombia verse presidida por un hombre del pueblo, con el conocimiento del estado y del gobierno, pero hoy con las experiencias tenidas en los últimos 18 años, en toda la extensión del territorio patrio, no habrá un ciudadano que discuta a Horacio Serpa su legítimo derecho a hundirse en la noche eterna con la bandera patria sobre su pecho.

HORACIO SERPA, ha dejado una huella en su paso por la historia política colombiana, tan honda como la de aquellos que marcaron las primeras etapas de la civilización política de la nación.

Fue un convencido que la libertad, el libre disenso como la tolerancia son, o deben ser, los ejes de la política en toda nación civilizada, cualidades aplicadas a lo largo de su vida como hombre público.

Así lo recordaremos quienes fuimos sus amigos y compañeros de muchas batallas electorales ahora que es peregrino de la eternidad.

Un adiós a este luchador, evocando su finura, su fe estimulante, como su apretón de manos cordial.

Paz en su sepulcro y un abrazo solidario a su familia, como a toda la militancia del liberalismo colombiano.

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