Opinion

¡Corolario pos-electoral!

Por: Mario Arias Gómez

Luego del triunfo de Claudia López, concierne pasar por el tamiz de la sana crítica, el para muchos impensado resultado, a efecto de evaluar, depurar, digerir -desprevenidamente- el consecuencial realinderamiento de las fuerzas políticas, yuxtapuestas a las ineludibles secuelas derivadas, preludio inevitable de la contienda presidencial en ciernes, que tendrá nuevamente como protagonistas, a los carbonizados: gobierno, al irresistible ‘presidente eterno’ -en libertad o sin ella-; al marrullero Vargas Lleras; al tibio Fajardo, a la insufrible Martha-Lucía; al irritante Petro, desahuciados todos por crispadas, engañadas, marginadas, empobrecidas masas. Pandemónium -sin dirección política-, a punto de explotar.

Corrosiva, infernal levadura, producto de nocivas, infames, obcecadas desigualdad, inequidad, falta de oportunidades; rabia, hastío por años acumulados; acicate del incontrolable, sordo oleaje pre-revolucionario -de larga data- que surca de lágrimas, desesperanza, el rostro inerme de comunidades marginadas, de los aplazados, reprimidos estudiantes, de majadas de indígenas. Égida prodigiosa que clama a grito herido: ¡Basta Ya!

Reconcomio originado por la secular podredumbre; soterrada inacción del anárquico, desastroso ‘presidente viajero’, que anda pavoneándose por el mundo, hablando del milagro económico colombiano -cumbre de la inteligencia-, tasado por el ‘deslumbrante’ 3 % de crecimiento, lejos del promedio histórico -4 %-, que proclama como el más alto de Latinoamérica, el cual ha redimido -imaginariamente- a Colombia, sin que la ONU se haya percatado, pues el país se mantiene en el deshonroso tercer lugar de desigualdad del planeta, superado por Haití y Angola.

Falacia soportada en: “Mal de muchos, consuelo de tontos”. que tiene la nación sumida en la incertidumbre, desasosiego, descontento. Nerón -cuenta la historia- tocaba la lira mientras Roma se incendiaba. El par criollo -Duque- toca guitarra, canta vallenatos, mientras impasible observa cómo la patria se derrumba; aviva el intervencionismo en los asuntos internos del vecindario.

Retomando el hilo inicial, resalto el lánguido balance electoral del ceniciento conservatismo, cuya inmortal, enhiesta  divisa, que otrora circundó la gloria, inflamó espíritus, maravilló los corazones de su ejército -dolorosamente en desbandada-, pendiente de ser liquidado, en cumplimiento de la partida de defunción, reiterada electoralmente, cuyo fantasmal cascarón azul del Park Way -que enaltecieron los gallardos, señeros jefes, Belisario, Misael- cuyos fétidos restos, deben ser tácitamente entregados, al belicoso, opresivo, imputado albacea, usurpador -de hecho- de su doctrina, tradición y símbolos.

Ayudado por el envalentonado, soberbio delfín, que envileció el legado de grandeza de su padre, quien se alejó del Partido, porqué el sombrío, Hernán Andrade, no atendió la ‘orden’ de incluir al renegado, Fernando Araujo, en la terna para la alcaldía de Cartagena. El incondicional, OYA, recompuso las relaciones entre la agonizante colectividad, con el beatificado dictadorzuelo. Medianía, encargado de transmitirle al instrumentalizado Presidente, la inconformidad, molestia de la sumisa bancada del Congreso, por la ninguna representación en el gabinete, a pesar de hacer parte de la coalición gubernamental.

Enajenado chantaje aupado por el atorrante, infausto, insidioso ´Fincho’ Cepeda, quien por puestos ferió las marchitas banderas. Felonía consumada en compañía de Andrade, agregados a delirantes, fosilizados náufragos, cuyas actuaciones, causaron inenarrables, irreparables, permanentes daños, a la noble, dilatada historia del hoy cadavérico, desdibujado, imperceptible, insignificante conservatismo, rumbo al poniente, que intentan vanamente resucitar, con el fantasioso, ficticio, impostado eslogan, “Por una Colombia grande”.

Comunidad, suma de tragedias humanas y políticas, cuyos múltiples, inexcusables, vergonzosos escándalos de descomposición, inoperancia moral, clientelismo, nepotismo, aunados a un remedo de partido, soportado en una enseña de odio, sentimiento de venganza, violencia, que golpea diariamente líderes sociales, filosofía que ensangrienta al país, que lleva a los colombianos a dudar del sistema, instituciones, gobernantes, llamados ruidosamente democráticos, lo cual no puede, podrá, considerarse una democracia verdadera.    

Nostálgicos caraduras que, recientemente, se reunieron a celebrar los 170 años de existencia del partido que fundaron José Eusebio Caro, Mariano Ospina Rodríguez, el 4 de octubre/1849, convertido en mala hora, por una ávida, codiciosa, egoísta, insaciable, insatisfecha camarilla, en apéndice de una amoral, devaluada fuerza extraña. Afligido, conmiserativo, depresivo, triste acto, realizado en una atmósfera de velorio, de condolencias mutuas, enmascarado en un mar de románticos recuerdos de tiempos idos de gloria, para perplejidad de conservadores de ‘racamandaca’.

Como el afable, renunciado, Augusto Trejos, quien dejó de calzar las botas de campaña, en razón a la injustificada capitulación perpetrada por degradados dirigentes -sin pena, ni brújula-, con pecaminosas, sórdidas fuerzas, antípodas de la encopetada doctrina, causa de la marea enorme de insurrectos, desaparecidos de las urnas, como rechazo a tanta felonía, desfachatez, perfidia de conniventes, cómplices fariseos -los holguines, cepedas, andrades, marthas-lucías-, recua que ancló por sinecuras, en otras toldas plíticas.

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