Opinion

EL PAÍS DE LOS DERECHOS

Por: Hernando Arango Monedero, Ingeniero y abogado, empresario, exrepresentante a la cámara, exalcalde de Manizales y Director General del SENA.

22 febrero 2019

No es raro que en Colombia hagamos algunas cosas que tienen el carácter de fantásticas y que pasemos por alto los alcances de las leyes y las motivaciones que tienen ellas, máxime cuando imitamos lo que en otras latitudes se ha hecho, olvidando las razones por las cuales en esos lugares se instauraron.

Empecemos por la famosa Constitución de Rionegro, calificada por algunos como una constitución para ángeles. Sí, no podría ser de otra manera, dado que, por sus desarrollos, los mortales en este país sólo logramos hacer algo así como 25 o más revoluciones, pues sus alcances daban para ello. No olvidemos que los Ángeles, esos sí de verdad, resolvieron revelarse contra el mismo Dios, razón más que valedera para que en este paraíso terrenal, nuestro país, no hiciéramos lo mismo. El resultado, la Constitución de 1886 con la aterrizamos, no del todo bien, pero si pusimos los pies en la tierra por un siglo, así hubiésemos tenido algunas reformas y uno que otro período de salvajismos como expresiones de descontento. Claro que, para variar, lo que más bien que mal había funcionado, nos llevó a que sacáramos a relucir la Constitución de 1991, a la que ya se le hemos hecho tantas reformas como a su antecesora. Y allí vamos.

Y vamos montados en esa Constitución en la que la principal característica está radicada en los derechos. Derechos todos fundamentales, a cuál más, y que generalmente impiden la convivencia, razón última de toda Carta. Desde luego que los derechos no están sustentados en el cumplimiento previo de deberes. ¡No! Mi derecho es MI derecho y prima por sobre el de los demás. De allí que tengamos conflictos bien extraños en el desarrollo de esos derechos, en donde el bien común debe ceder su primacía ante el derecho particular de alguno o de algunos, y en ese ceder nos dirigimos al caos, muestra de lo que se aprecia en las ciudades nuestras.

¿No nos habremos dado cuenta de que el derecho al trabajo, de carácter particular, prima sobre el bien común denominado libre tránsito, orden y seguridad, que son de carácter general? Desde luego que, en frente de quienes invaden los andenes de nuestras ciudades con ventas ambulantes, se encuentran unos individuos que tienen sus almacenes y pagan impuestos. Esos que pagan impuestos, y sus derechos, no son defendidos por las autoridades como debieran, sin importar el hecho de que, de paso, se encuentran incumpliendo con el ordenamiento de la ciudad. Pero no importa; no importa ese derecho de quienes cumplen las normas.

Así encontramos los derechos de otros, con igual jerarquía a la del vendedor ambulante y que por ejercer otro oficio, en ese caso el de conducir un automóvil para ganársela vida, en caso de ser sorprendido transportando pasajeros, su licencia de conducción se le suspende por 25 años, valga decir, por toda una vida. En tanto, al de la venta ambulante se la da permiso, o se le tolera, o simplemente está allí y a lo sumo se le corretea, pero no se le prohíbe vender, todo, en frente a quienes cumplen con impuestos y demás ordenamientos. ¡No! Es el derecho al trabajo, el del ambulante, de superior jerarquía, distinto al del conductor que carece de ese derecho y no se le reconoce, o el del comerciante formal que carece de él.

Y a la par con los derechos, tenemos a los dueños de motocicletas. No pagan peajes, pero necesitan buenas vías ¡Ay si se les obliga a ello! Igual, hacen lo que quieren en las vías de las ciudades y que nadie diga nada, porque organizan paro porque ese es su derecho a la protesta. Y de derechos no hablemos, porque no enseñamos deberes en la casa ni en los colegios, sitios en los que el ejemplo no existe. En esos lugares sólo existen los derechos. ¿Acaso no es cierto?.

No olvidemos tampoco el vicio de no mirar adelante en la construcción de leyes, algo que está presente en nuestros legisladores, quienes consiguen votos impulsando maravillas, como estas de los derechos, sin que haya una medida que limite esos desvaríos, desvaríos que lamentan determinados sectores y géneros, en donde los derechos de unos, van más adelante de los deberes y las responsabilidades.

¿Será que aprenderemos a pensar y entenderemos que a un derecho se opone un deber y que para poder exigir el uno es necesario cumplir con el otro?

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